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domingo, 14 de diciembre de 2008

PLAN CANJE.

Por Santiago O’Donnell

En estos días tuvo lugar en Colombia una especie de canje de rehenes secuestrados. No fue un canje humanitario, sino más bien todo lo contrario. El pasado 11 de julio, nueve días después de la liberación de Ingrid Betancourt y sus catorce compañeros, un grupo armado sin identificación irrumpió en las viviendas de los dirigentes campesinos Manuel Garcés, Rusbell Gómez y Edilmo Papamija, Islenio Muñoz, Guido Muñoz y Evelio Rodríguez en el municipio de Patía, en el sur del Cauca. Dos de ellos son directivos de la Junta de Acción Comunal de la manzana “El Convenio” y los otros cuatro son miembros de la Junta de Acción Comunal de la manzana “La Ceiba”. Los asaltantes acusaron a los campesinos de “sospechosos de colaborar con la subversión” y los secuestraron.

“Clamamos que les respeten la vida, toda vez que los secuestrados son gente honesta, trabajadora, la mayoría son padres de familia, nacieron y han vivido todas sus vidas en estas veredas y no están involucrados en nada distinto al desarrollo de actividades agrícolas y al servicio de la comunidad”, denunciaron en un comunicado las Juntas de Acción Comunal del municipio, con copia a la Cruz Roja, la OEA y la Defensoría del Pueblo. El comunicado agrega que el mismo grupo armado había secuestrado, semanas atrás, a cuatro campesinos del vecino municipio de Argelia. Las víctimas permanecen en poder de los pistoleros.

Curioso. El presidente colombiano Alvaro Uribe reclama como uno de los mayores logros de su gobierno el haber desmantelado al aparato paramilitar que surgió a fines de los ’80, primero para combatir a los carteles narco, luego para disputarle rutas y plantaciones a la guerrilla. Durante toda su existencia estas fuerzas irregulares amparadas por el Estado funcionaron también como máquinas de aniquilamiento de los líderes sindicales y comunitarios que osaban oponerse a su esquema de control territorial. Eso que según Uribe no sucede más se parece demasiado a lo que pasó esta semana en Patía, que no es más que una muestra de lo que viene sucediendo últimamente en Colombia.

Otra muestra: el martes pasado fue encontrado en un cementerio de Ibagué el cadáver del dirigente sindical de la Contraloría Distrital Guillermo Rivera, secuestrado el 22 de abril en Bogotá.

Qué raro. El presidente dice que el paramilitarismo no existe más, que lo que hay ahora es una red de bandas criminales dedicadas al narcotráfico, con un alto grado de militarización, similar a lo que ocurre en Brasil y México, y no formaciones dedicadas al terrorismo de Estado. Sin embargo, los paramilitares de antes también se dedicaban al narcotráfico, además del secuestro y el asesinato político. Y los de ahora hacen más o menos lo mismo.

Claro, en el medio Uribe auspició el llamado proceso de desmovilización de los paramilitares. Entre el 2003 y el 2008, más de 31.000 miembros y supuestos miembros de estas formaciones entregaron sus armas y se sometieron a proceso. Lo hicieron al amparo de la llamada Ley de Justicia y Paz, que es una especie de blanqueo. A cambio de una confesión, la ley limita la pena de cárcel a ocho años y provee distintos beneficios sociales y financieros para facilitar la reinserción social del supuesto arrepentido.

No fue un proceso muy prolijo. Algunas formaciones guardaron sus mejores fierros para entregar a cambio mosquetones de la Segunda Guerra Mundial. Otras guardaron a sus mejores cuadros y mandaron en su lugar a perejiles ávidos de un subsidio. Las confesiones tampoco aportaron demasiado salvo algunas excepciones, suficientes para encarcelar a una veintena de congresistas aliados a Uribe.

Pero justo cuando los desmovilizados empezaban a soltar la lengua, Uribe embaló en un paquete a los 15 jefes más influyentes y los mandó extraditados a Estados Unidos. De yapa, extravió o hizo extraviar los discos duros de las computadoras de los extraditados. Cuando se enteraron las autoridades judiciales que los estaban juzgando, los jefes paras ya estaban aterrizando en Estados Unidos.

La nueva generación de paramilitares no tardó en llenar el vacío. Según un experto consultado para esta columna, las nuevas formaciones, activas en las regiones de Cauca y Nariño, se dividen en tres grupos. Primero, grupos nuevos en territorios nuevos con metodologías similares a las de los viejos paramilitares. Segundo, grupos nuevos con metodologías similares que vienen a ocupar el mismo territorio que antes controlaba un grupo paramilitar. Tercero, grupos nuevos reclutados por mandos medios no desmovilizados de viejos grupos paramilitares.

Ante este panorama, que nadie discute, porque ahí están los nombres y las direcciones de las víctimas para probarlo, el gobierno colombiano insiste en caracterizar a los nuevos paramilitares como “bandas de delincuentes”, ignorando sus crímenes políticos y sus vinculaciones políticas, casi como que secuestran a campesinos y sindicalistas por deporte.

La historia oficial de Uribe cuenta con el inestimable apoyo de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz en Colombia de la Organización de los Estados Americanos, llamada MAPP-OEA, que depende directamente del secretario general José Miguel Insulza.

A pesar de las evidencias del reciclaje, Insulza avaló sin medias tintas la tesis de Uribe sobre el fin del paramilitarismo en el último informe de MAPP-OEA, publicado en junio. “Las facciones armadas que surgieron después de la desmovilización de las autodefensas (paramilitares) adquieren un perfil delincuencial que se encuentra vinculado al narcotráfico. No existe evidencia, hasta la fecha, de acciones contrainsurgentes que vinculen a estas estructuras con el concepto y el accionar paramilitar”, declaró en un comunicado.

Sin embargo, en el mismo comunicado el secretario general de la OEA reconoció que le preocupaba “la persistencia de grupos de naturaleza delincuencial... especialmente desde la afectación que generan sobre las comunidades”. ¿Pero cómo? ¿No eran delincuentes comunes dedicados a la venta de droga? ¿Qué significa generar “afectación sobre las comunidades”? ¿Qué es lo que se esconde detrás de semejante eufemismo?

A lo largo de los años, con pulso de equilibrista, la MAPP-OEA ha alternado elogios y críticas al proceso de desmovilización. La semana pasada, sin ir más lejos, alertó sobre el asesinato de más de 800 paramilitares desde que empezó la desmovilización y dijo que pone en riesgo todo el proceso. ¿Quién los mató? ¿Por qué los mataron? Según la MAPP-OEA, la mayoría fue por “disputas por el control de zonas y por no querer reincorporarse a nuevas bandas”. Curioso. Si están desmovilizados, ¿por qué disputan el control de zonas? Si los de ahora no tienen nada que ver con los viejos paramilitares, ¿por qué quieren reclutarlos por la fuerza?

Los secuestros de Patía desnudaron la falacia de la definición de Uribe que Insulza hizo suya. El ex ministro y politólogo Camilo González Posso, cofundador del opositor Polo Democrático Alternativo, lo puso en evidencia esta semana en un artículo que tituló “el despiste de la OEA”. González Posso dice que la MAPP-OEA “tiene buena gente en el terreno” que sabe lo que pasa. Pero agrega que la misión “se torna inoperante” porque sus responsables “están ocupados en vericuetos diplomáticos para no molestar al gobierno con hechos que muestran la reproducción y emergencia del fenómeno narcoparamilitar.”

A continuación ofrece un diagnóstico que parece más ajustado a la información disponible: “Ahora como antes estamos ante grupos armados cuyos objetivos centrales son los negocios ilícitos, cuidado de laboratorios, rutas y procesos de apropiación de tierras y de lavado de activos en macroproyectos. Y ahora como antes, aunque en forma diversa según la zona, esos grupos prestan servicios de ‘orden’, persiguiendo especialmente a líderes y a comunidades que no se ajustan a sus planes de control territorial... El objetivo es subordinarlas a sus proyectos y de paso ofrecerles a las autoridades una colaboración en la guerra (contra la guerrilla) a cambio de favores en otros negocios. Como antes, esos tratos con algunos agentes estatales y parapolíticos en un lado no impiden que en otro tengan acuerdos pragmáticos con frentes guerrilleros”.

Queda claro que el plan de “seguridad democrática” de Uribe no provee seguridad democrática, porque no protege a los líderes de los movimientos sociales. También, que negar la persistencia del paramilitarismo es una forma de cobijarlo. Y que más allá de los golpes mediáticos, la vida de un campesino vale tanto como la de Ingrid Betancourt.

viernes, 7 de marzo de 2008

El montaje de Uribe. Se pilla antes al mentiroso que al cojo.

From: Alfredo VILORIA
RED INFORMATIVA VIRTIN

Editorial

La Jornada

Con el telón de fondo del conflicto desatado a raíz de la matanza perpetrada por militares colombianos en territorio ecuatoriano, durante la cual fue asesinado el líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Raúl Reyes, y que ha derivado en el rompimiento de relaciones diplomáticas de Ecuador y Venezuela con Colombia, el presidente de este último país, Álvaro Uribe, se ha encargado de enrarecer el panorama al lanzar acusaciones tan severas como poco verosímiles contra sus homólogos Rafael Correa y Hugo Chávez.

Con base en documentos supuestamente hallados en unas inciertas computadoras portátiles del insurgente muerto, el gobierno colombiano ha señalado la existencia de “acuerdos del grupo terrorista de las FARC y los gobiernos de Ecuador y Venezuela”. El propio Uribe afirmó ayer que denunciará al mandatario venezolano ante la Corte Penal Internacional de La Haya por “patrocinio y financiación a genocidas”, lo que fue calificado por Caracas de “risible amenaza”.

De su lado, Rafael Correa convocó ayer a la comunidad internacional a “cerrar filas alrededor del principio, la ética y el derecho que deben guardar las relaciones internacionales”; condenó nuevamente el bombardeo del ejército colombiano en el norte de Ecuador, en la medida en que fue un atentado contra la soberanía de ese país y porque, además, la agresión frustró las negociaciones que su gobierno sostenía con las FARC para liberar a una docena de rehenes, entre los cuales se encontraba la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt.

Las acusaciones del gobierno colombiano se inscriben en una cadena de inconsistencias con respecto a los acontecimientos del sábado pasado. Ha de recordarse que en un principio, las autoridades colombianas afirmaron que durante el operativo no se violó en momento alguno la soberanía de Ecuador; incluso Uribe agradeció públicamente al presidente Correa, a quien dijo haber mantenido al tanto de los hechos. Más tarde se aseguró que las milicias colombianas sí habían entrado a territorio ecuatoriano, pero que lo habían hecho en persecución de los guerrilleros y en todo momento actuaron en defensa propia, cuando se ha comprobado que los insurgentes fueron asesinados a mansalva, posiblemente mientras dormían.

Resulta poco verosímil, además, que los equipos de cómputo de supuesta propiedad de Reyes hubiesen sobrevivido a las explosiones y, en todo caso, no parecería lógico que el líder guerrillero portara la información a la que ha hecho referencia Uribe. Los señalamientos y las supuestas pruebas que vinculan a Correa con la guerrilla tienen toda la apariencia de un montaje del presidente colombiano y constituyen un agravio no sólo para el pueblo ecuatoriano, sino para el conjunto de la opinión pública internacional y hasta para la inteligencia humana.

Lo que queda claro, en cambio, es que por medio de estas maquinaciones se pretende llevar a escala regional un conflicto local, añejo y exacerbado, para el cual el gobierno de Uribe no ha podido ofrecer una solución; en cambio, ha torpedeado en forma sistemática todos los intentos surgidos dentro y fuera de Colombia por solucionarlo.

La versión de Correa, en cambio, no presenta inconsistencias ni constituye una suma de improbabilidades, y ha sido confirmada por el gobierno de Francia, cuya cancillería afirmó que Raúl Reyes era su contacto con las FARC para negociar la liberación de Betancourt y Bogotá estaba al tanto de lo anterior, lo que pone en evidencia la traición del gobierno de Colombia, al romper el hilo fundamental de una gestión humanitaria que habría contribuido a acabar con el sufrimiento de un nuevo grupo de prisioneros de la guerrilla y de sus familias.

La agresión contra el territorio ecuatoriano confirma, pues, el afán del gobierno de Uribe por impedir toda posibilidad de un canje humanitario con la guerrilla. Su embestida contra los gobiernos de Venezuela y Ecuador denota, por un lado, la hostilidad que provocan en el Palacio de Nariño las posiciones dialogantes y favorables a un arreglo pacífico, como las que han sostenido Quito y Caracas y, por el otro, la mano, no tan invisible, de Washington.

Y es que una perspectiva de paz en Colombia no sólo reforzaría el fracaso de la política militarista de Uribe, sino que haría perder sentido al Plan Colombia, instrumento central del injerencismo estadunidense en Sudamérica, y cuyo objetivo último no es el narcotráfico –con el que Uribe ha estado vinculado, según medios de prensa estadunidenses y colombianos– y tal vez ni siquiera las FARC, sino los gobiernos venezolano, boliviano y ecuatoriano.

La incursión militar ordenada o tolerada por Uribe contra el territorio de un país vecino es una inequívoca violación de la legalidad internacional. Para colmo, el presidente colombiano, en vez de reconocer su falta, ha urdido una historia insostenible para presentar a la víctima como agresora y para derivar el conflicto interno que no puede o no quiere resolver hacia una escalda regional muy conveniente para los designios intervencionistas de la administración de George W. Bush. El ataque y las mentiras subsiguientes merecen una enérgica condena de la comunidad internacional, y en particular en el seno de la Organización de Estados Americanos.

domingo, 13 de enero de 2008

DISCURSO DE LAS MADRES DE LA PLAZA DE MAYO POR EL CANJE HUMANITARIO.



"Uribe tiene más de 500 rehenes de las FARC y de eso no se habla"


Hebe de Bonafini. Discurso del 3 de enero de 2008


"Hoy no voy a hablar ni del calor ni del sol. Voy a hablar de la resistencia de todos, de las Madres involucradas totalmente con nuestros hijos y los que creen en nuestro proyecto que están acá. Me parece fantástico que nos acompañen, que primero sea la obligación, el reconocimiento a la lucha de nuestros hijos. Que primero sea estar en la Plaza. Gracias Diego Kogan por estar, acá estamos las Madres con vos y con tu mamá también.


Y bueno, ustedes vieron la importancia que le damos las Madres no, aquí dice "hay un radio, distinta a todas que es la AM 530". Le damos mucha importancia a la comunicación, para nosotros es fundamental. Ustedes vieron lo que pasó con Uribe, con Chávez, con las FARC. Uno lo escucha a Uribe y parece que es el único tipo sensato que hay en este país. Y Uribe es una mierda, es un hijo de puta, él tiene más de 500 rehenes de las FARC y de eso no se habla, se habla nada más que de los rehenes que tiene la gente de las FARC y no de los de las FARC que tiene Uribe. Entonces, es tan importante, también la Plaza es la comunicación, porque lo de la Plaza sale por internet, por la radio, sale por esta cuestión que inventó Ermes Barsamoglou, lo virtual, esa cosa extraña que me hizo decir por la radio, que me hizo buscar en el diccionario, sale por la televisión virtual, sale por todos lados, que es una manera de comunicarnos.


Estamos con los compañeros de las FARC, estamos con Chávez, estamos con nuestro Presidente que fue, estamos con todos los que creen que se puede llegar a reconocer a la paz alrededor de los rehenes, pero a intercambiar. Que Uribe entregue a los que tiene y que las FARC entreguen a los que tienen y no que los tenga que entregar nada más que la gente de las FARC. Todo esto del niño, todo este invento, esta porquería, esto sucio, le dio letra a los medios de la derecha a los que se les había terminado el tema porque ya no se hacía la entrega y le dio letra con lo del niñito. ¿Quién puede pensar que la gente de la guerrilla va a torturar? Sólo en la cabeza de mierda de Uribe puede caber eso. Así que estamos orgullosas de que nuestro país haya participado, amamos a Chávez, sabemos que era verdad, se había conversado. No es fácil compañeros. Yo hace cinco años estuve por ir a tener una entrevista con Tirofijo y no es fácil ir. Hay que ir en carro, en burro por terrenos escarpados, por montañas. Yo no estaba en condiciones como mujer vieja ya que era, hace cinco años ya era vieja para ir. No es fácil. Los compañeros que han llegado ahí claro, si abren una brecha demasiado grande, Estados Unidos que estaba ahí alerta con toda su metodología, los iba a matar. Porque en la anterior entrega que supuestamente iban a hacer fusilaron a 122 personas, no se iban a poner en ese riesgo. Por eso tenemos que seguir creyendo en las FARC, en Chávez, en nuestro presidente y no en lo que dice Uribe. Uribe es un hipócrita, un falso, un gran hijo de mil putas.


Yo nunca hablo de mis casos, de mis hijos, de… Ustedes saben que nunca lo he hecho, pero en estos días estuve pensando mucho. Porque hace tiempo que está preso, en el domicilio como un rey el comisario de la comisaría quinta, Osvaldo Sartorio. Estaba preso en Mar del Plata con otros hijos de puta como él. Este tipo era el torturador más grande que había en la comisaría quinta. Este tipo torturaba a mi hijo mayor, lo llevaba a las fiestas, hacían asados y comían y lo llevaban a él, ya hecho pelota, torturado, desecho, para divertirse. Como a mí me dijeron que es posible que mi hijo estuviera ahí, yo fui, un día de mucha lluvia, a los pocos días que se lo llevaron y me dio una paliza hasta matarme y me tiró en la vereda de la comisaría. Ahora descubrieron lo que es. Ahora descubrieron, después de tantos años, que tenía armas en la casa, en esa casa que decían que estaba prisionero. Ahora lo mandaron a unas celdas comunes, a la prisión común y se quejan porque están mal. Claro, en las prisiones comunes están mal, tienen calor, no comen. Ojalá les peguen, ojalá reciban lo que merecen. Y desde acá le digo: "¿viste Sartorio? Te llegó, tu mierda te llegó, hijo de mil puta. ¡Te llegó!"


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