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jueves, 28 de julio de 2011

Protesta contra la oleada de detenciones de campesinos, sindicalistas y líderes sociales de Arauca.

Por el Respeto a la Vida, la Libertad y la Dignidad de un Pueblo

ImageEl Movimiento Social del Centro Oriente Colombiano denuncia públicamente ante las instancias internacionales, Corte Interamericana de Derechos Humanos, la ONU, la OEA; ante los entes judiciales de Colombia, Fiscalía General de la Nación, Defensoría del Pueblo, Procuraduría Delegada para los Derechos Humanos:

Comunicado por el Respeto a la Vida, la Libertad y la Dignidad de un Pueblo


El Movimiento Social del Centro Oriente Colombiano denuncia públicamente ante las instancias internacionales, Corte Interamericana de Derechos Humanos, la ONU, la OEA; ante los entes judiciales de Colombia, Fiscalía General de la Nación, Defensoría del Pueblo, Procuraduría Delegada para los Derechos Humanos:

1. La persecución con sevicia por parte del Estado y sus instituciones judiciales contra la población civil del oriente colombiano y en especial la carnicería judicial que tienen contra los pobladores de Arauca.

2. El gobierno dice estar desarticulando y acabando las guerrillas y lo que se reciben es represión como pueblo humilde y trabajador. En la operación desafío al ELN, no vemos ni un solo guerrillero preso, pero sí de una forma mercantil entre Ejército, Fiscalía y gobierno departamental de Arauca, se dan el lujo de encarcelar campesinos, obreros, sindicalistas, indígenas, comerciantes y ganaderos, como terroristas y miembros de la guerrilla, como han sido los casos del reconocido ganadero Rodrigo Carrillo Payares en donde fueron detenidas otras 14 personas, el día 19 de octubre del año 2009; los dirigentes indígenas el Cacique Ismael Uncasia Uncasia, la compañera Verónica Solís Fuentes funcionaria de asuntos indígenas y el etno-educador Álvaro Leal Toloza, y los que tienen orden de captura, en el mismo proceso el prestante comerciante Domingo Arévalo, a quien el Estado no sólo ha detenido, sino que también ha secuestrado sus bienes.

3. Como si fuera poco ahora el Gobierno, la Fiscalía y la Fuerza Pública de una forma despiadada involucra guerrilla, dirigentes sociales y otros miembros de la población civil, en una circular de la interpol; siendo el Estado colombiano capaz de engañar con mentiras a la justicia internacional, y solicitar la captura de civiles como terroristas y guerrilleros, cual es el caso de SAMUEL MORALES FLÓREZ, expresidente de la Central Unitaria de Trabadores (CUT), subdirectiva Arauca y en la actualidad Primer Vicepresidente de este organismo sindical; VÍCTOR JULIO LAGUADO BOHADA, dirigente campesino y miembro de la Cooperativa Agropecuaria del Sarare (COAGROSARARE); ARIELA GELVIS QUINTERO, dirigente comunal y expresidenta de la Empresa Comunitaria de Acueducto, Alcantarillado y Aseo de Saravena (ECAAAS–ESP); FREDY RAMÍREZ BOCOTÁ, indígena del pueblo U’wa y miembro de la Asociación de Cabildos y Autoridades Tradicionales de Arauca (ASCATIDAR), quien habita en su resguardo con su esposa y sus 4 hijos.

Esta lista de dirigentes sociales y demás civiles incluida en las circulares de la interpol, manifiesta el más alto nivel de degradación del conflicto en Colombia, donde a quien se atropella es a la población civil; quienes no sólo tiene que soportar la agresión por los grupos armados en conflicto, sino también al Estado con sus organismos judiciales, empresas mercantilistas encargadas de encarcelar y quitar los bienes a los oprimidos del país.

Invitamos a los entes internacionales y nacionales que desean la justicia, a condenar las malas y represivas políticas del Estado colombiano, su gobierno e instituciones judiciales que reprimen y atropellan al pueblo trabajador.

Saravena, Arauca, 25 de mayo de 2011.
POR VIDA, SOBERANÍA Y PERMANENCIA EN TERRITORIO
ORGANIZACIONES SOCIALES DE ARAUCA

Modificado el ( miércoles, 25 de mayo de 2011 )

sábado, 8 de mayo de 2010

VÍDEO: Manuales para amenazar del DAS, la policia secreta de Uribe.

7.500 presos políticos, Ignorados a propósito

Juan Diego García
13 de abril de 2010 | 10:12 AM | Artículos
http://www.comitepermanente.org

En las cárceles colombianas languidecen alrededor de 7.500 presos políticos –hombres y mujeres- de los cuales unos 500 son guerrilleros de las FARC que esta organización insurgente pretende intercambiar con el gobierno por 20 militares y policías capturados en combate y que ellos consideran en consecuencia como prisioneros de guerra. El resto corresponde a un colectivo amplio y diverso compuesto por campesinos pobres, líderes estudiantiles, intelectuales, dirigentes sindicales, activistas populares, defensores de derechos humanos y todo aquel sospechoso de simpatías con la guerrilla, que será automáticamente acusado de rebelión o terrorismo.

Los insurgentes de las FARC y del ELN serían considerados prisioneros de guerra si el gobierno aceptara la existencia del conflicto y no se limitara a tildarlos de simples delincuentes comunes. Pero la fórmula mediante la cual Uribe acepta el intercambio humanitario supone precisamente que los insurgentes son simples malhechores que podrían abandonar el presidio solo si no regresan a las filas de la guerrilla. Todo indica que el objetivo de esta exigencia no es otro que envenenar el proceso desde su comienzo para hacer imposible llegar a acuerdo alguno, al tiempo que se ofrece una imagen de flexibilidad y generosa disposición por parte de las autoridades. Sin embargo, ¿tendría sentido, por ejemplo, que a su vez las FARC exigieran del gobierno una condición similar, es decir, que los militares y policías que se devuelvan a la libertad se comprometan a no regresar a las fuerzas armadas?.

La iniciativa intrépida de la incansable senadora liberal Piedad Córdoba que desde hoy se encuentra en Europa para conseguir apoyos a un acuerdo humanitario forma parte de un movimiento de creciente dinámica en la misma sociedad colombiana, acrecentado por la liberación unilateral de dos militares realizado por las FARC en días pasados. La senadora considera que aunque las posiciones de gobierno y guerrilla aparecen hoy como irreconciliables, si hay voluntad siempre es posible encontrar fórmulas intermedias que satisfagan a todos. Y cuando falta la disposición, también es factible y necesario crear condiciones políticas y sociales que la produzcan.

Los 500 guerrilleros intercambiables apenas son mencionados en los medios de comunicación. Muy poco se ha indagado sobre su suerte. La televisión pública española (RTVE) realizó hace algún tiempo un informe sobre las dos principales cárceles de Bogotá (La Modelo y La Picota) denunciando las terribles condiciones de internamiento que padecen los reclusos, sometidos ciertamente a una verdadera picota moderna en presidios que solo pueden ser “modelos” de violaciones sistemáticas y masivas de los derechos más elementales. Se muestra igualmente el duro contraste con las celdas de lujo reservadas a los escasos paramilitares que han sido condenados. Pero poco más trasciende del asunto y solo ocasionalmente se conocen en los medios alternativos las denuncias de las organizaciones humanitarias y del colectivo de presos. El caso más reciente- del cual circula un video que conmueve e indigna por su crueldad sin límites- trata del caso de un guerrillero del ELN – Diómedes Meneses- quien, herido en combate, torturado (los militares le sacaron un ojo con un cuchillo) y degollado, se dio por muerto y fue enviado a medicina forense para la autopsia. Los médicos descubrieron que aún vivía y lo salvaron milagrosamente. Condenado a 30 años de presidio y recluido en las condiciones más inhumanas imaginables, permanece hoy lisiado (una esquirla de granada le rompió la columna), desnutrido y con una de sus piernas afectada de gangrena sin que se le den las atenciones médicas indispensables. Lleva varias semanas en huelga de hambre exigiendo un tratamiento humanitario pero su caso no merece la atención de los medios.

Este caso es sin duda el más dramático y conocido, pero en condiciones similares se debaten muchos otros presos políticos - hombres y mujeres- que soportan enfermedades crónicas sin recibir ninguna atención. De los muchos que han muerto por esta causa tampoco se informa en los medios de comunicación. De nuevo, y sin disminuir para nada el drama de los retenidos o secuestrados por la guerrilla resulta paradójico constatar que los liberados o fugados de la selva regresen en condiciones físicas y mentales razonablemente buenas mientras no se puede decir lo mismo de los presos en manos del gobierno, sobre todo si se consideran los recursos materiales que tienen a su disposición unos y otros. El caso de Meneses contrasta violentamente con las imágenes difundidas de Ingrid Betancurt recluida por años en la selva y supuestamente a punto de morir, quien aparece poco después sana y vital el día de su rescate. Las supuestas cadenas que atenazaban sus manos eran en realidad un rosario y su rostro de apariencia moribunda, una interpretación teatral acorde con las necesidades de la propaganda oficial.

Los restantes presos políticos – arriba de 7.000- en su inmensa mayoría no son más que activistas sociales víctimas de un sistema judicial que procede en base a pruebas manipuladas, delatores pagados, testigos anónimos, encapuchados (como en los tiempos de la Inquisición) y confesiones arracadas por medio de la tortura aprendida de los estadounidenses, israelíes y otros mercenarios que adiestran las fuerzas armadas y los organismos de seguridad locales. Tales prácticas son parte de una estrategia de contrainsurgencias que incluye aislar a la guerrilla de sus apoyos sociales sean estos efectivos o simplemente potenciales. Se trata de “quitar el agua al pez” utilizando desde los desplazamientos masivos de población, la represión indiscriminada y los bombardeos (sin distinguir entre población civil y combatientes) hasta la literal cacería de todo activista social que en opinión de las autoridades resulte sospechoso de simpatías con los insurgentes o que pudiera llegar a serlo. En su lenguaje siniestro los militares argentinos de la dictadura afirmaban que si entre cien sospechosos dados de baja tan solo había entre ellos un par de subversivos el objetivo de golpear a la insurgencia estaba cumplido. El terror generalizado contra la población afectada neutralizaría su reacción y la protesta se estaría ahogando en su cuna. Y lo consiguieron, al menos por un tiempo. Así justifican paramilitares y militares en Colombia sus atrocidades contra todo el que ellos consideran un objetivo y con igual “filosofía” muchos jueces y fiscales aceptan pruebas y procedimientos reñidos con la verdad y la justicia y llenan las prisiones de activistas sociales para evitar que las luchas reivindicativas puedan llegar a coincidir con la insurgencia.

Diversas organizaciones nacionales e internacionales adelantan ahora una campaña de denuncia sobre la dramática situación de los miles de hombres y mujeres recluidos en las cárceles colombianas, sometidos a condiciones infrahumanas, permanentemente amenazados y presionados para que se conviertan en delatores so pena de graves consecuencias también para sus familiares (ya han ocurrido varias desapariciones y atentados mortales). Muchos de ellos están de hecho sentenciados sin esperanzas de recuperar algún día la libertad a pesar de que la cadena perpetua no existe en el país. La campaña exige su libertad inmediata y en todo caso el respeto por las convenciones internacionales que Colombia ha firmado siempre y jamás cumple.

Los presos políticos de este país han sido ignorados a propósito por los grandes medios de comunicación nacionales e internacionales, aliados del gobierno de Uribe. Ahora, desde las prisiones, reclaman solidaridad y apoyo. Su grito de protesta y su denuncia van abriéndose paso a pesar del pesado manto de silencio que intenta hacerlos invisibles desde hace tantos años.

domingo, 22 de marzo de 2009

Padre Giraldo explica cómo descubrió la honda perversión del sistema judicial en carta a la Fiscalía (incluye VÍDEO)


"Pronto comprendimos más bien que los denunciantes pagaban altos precios y los denunciados permanecían incólumes. Recuerdo a Don Juan de Dios Gómez quien pagó rápidamente sus denuncias con la muerte, y a Don Octavio Sierra, a quien acompañé a rendir su testimonio en Bogotá y a los pocos días tuve que deplorar, estremecido, su asesinato"

Carta a la Fiscalía 216: OBJECION MORAL Y ETICA

Por Javier Giraldo M. S.J

Bogotá, D. C., marzo 16 de 2009

Sra. PIEDAD ANGÉLICA ACERO

Funcionaria Policía Judicial – Carné 3592

C/O FISCAL SECCIONAL 216

Carrera 29 No. 18-45 Bloque A Oficina CTI Administración Pública

BOGOTÁ, D. C.

Ref: 802316 Fiscal 216. MT


De toda consideración.

Respondo a su oficio fechado el 10 de marzo de 2009, el cual encontré en mi oficina esta semana, en el que me solicita asistir a una diligencia judicial al día siguiente, 11 de marzo, diligencia que no puedo atender por impedimento moral.

Le ruego apreciar las razones que a continuación expongo, las cuales fundamentan dicho impedimento.

Desde comienzos de los años 80, las circunstancias personales y las misiones apostólicas que se me encomendaron, me fueron involucrando progresivamente en organizaciones, grupos y movimientos consagrados a la defensa y promoción de los derechos humanos fundamentales. En ese terreno, los instrumentos jurídicos y la familiarización con los mecanismos judiciales de nuestra sociedad, constituyeron un recurso importante. Sin prejuicios sino más bien con esperanza en que una administración de justicia cada vez más inspirada en valores humanos, éticos, sociales, jurídicos y democráticos, pudiera ayudar a aliviar el sufrimiento de tantas víctimas con las cuales fui entrando en contacto, colaboré intensamente en procedimientos judiciales tendientes a establecer la verdad y a corregir conductas que lesionaban gravemente la dignidad humana de muchísima gente. Sin embargo, a través de estos 29 años multitud de experiencias negativas y aterradoras fueron minando y destruyendo mi fe en la administración de justicia. No solo la impunidad reinante que constituye una afrenta a los muchos miles de víctimas que he conocido, sino el conocimiento directo de los expedientes, de sus mecanismos y de sus trampas que invalidan y contradicen los principios básicos legitimantes de la justicia, fueron sembrando en mí interrogantes, remordimientos, cautelas y repugnancias morales, que poco a poco me llevaron a descubrir la honda perversión del sistema judicial y a experimentar una radical repulsa de conciencia frente a cualquier otro eventual involucramiento procesal.

Sólo el testimonio de experiencias concretas vividas puede transmitir la hondura de este impedimento ético. Imposible sería enumerar todas las experiencias que me han llevado a esta ruptura ética, pero sólo describiendo algunas de las que mayores impactos y traumas dejaron en mí, sería comprensible mi posición.

En julio de 1993, una comunidad campesina del centro del departamento de Bolívar me pidió intervenir para tratar de impedir una desaparición forzada. Habían presenciado una mañana cómo patrullas del Ejército se llevaron a un joven que trataba de embarcar dos toros en un bote y en la tarde lo vieron bajar ensangrentado y semidesnudo, casi sin poder moverse, arrastrado por soldados que se lo llevaron en una embarcación y no se volvió a tener noticia de él. La impresión que me transmitió la comunidad fue que quizás habrían intentado crucificarlo o lo habrían crucificado, pues sus manos y sus pies sangraban abundantemente. La denuncia que remití a la ONU inmediatamente, sirvió para que el Gobierno revelara su paradero, pero afirmando que su detención se había producido de acuerdo con las normas legales del Estado colombiano y que las heridas que tenía en su cuerpo se debían a circunstancias anteriores y ajenas a su detención; que él había confesado ser guerrillero y que había sido condenado a prisión por autoridades legítimas y en un proceso con todas las garantías. La “verdad” que el Estado me estaba entregando a través de instituciones en las que yo había confiado y con las cuales había colaborado con honestidad, me parecía tan distante de la verdad de aquellos campesinos a quienes había conocido directamente en una visita semanas antes, que decidí hacerme a una copia del expediente e ir a buscar al preso en la cárcel de Cartagena. Cuando yo le leía sus “declaraciones” él no salía de su asombro y me aseguraba que se habían aprovechado porque era analfabeta, pero que él jamás había dicho lo que allí estaba escrito. Las torturas fueron reales y le introdujeron en las plantas de sus pies palos puntiagudos que lo dejaron con grandes dificultades para caminar. Un médico había firmado una constancia falsa y una abogada de oficio y una procuradora firmaron constancias de haberlo asistido en el juicio sin haber estado jamás con él. Aquél fue un encuentro con mecanismos perversos que atravesaban múltiples instituciones que se habían concertado para destruir a un pobre campesino analfabeta que no tenía cómo defenderse. Experimenté cómo se construyen falsas “verdades” que quedan consignadas incluso en las instancias de las Naciones Unidas. Estaba en presencia de una mentira que trataba de ocultar un crimen horrendo y que era avalada de consuno por numerosas instituciones del Estado: militares, policía judicial, Medicina Legal, abogados defensores, procuradores, investigadores, jueces, funcionarios de la Consejería Presidencial de Derechos Humanos, Cancillería. Me pregunté si los oficiales de las Naciones Unidas le creerían al Estado y si yo habría quedado estigmatizado como “mentiroso”. Pude experimentar allí los costos de seguir los dictados de la conciencia; ello implicaba enfrentarse con demasiadas instituciones y pagar costos altos que lesionan la propia reputación.

Uno de los procesos en los que me involucré fuertemente, casi asumiendo el papel de funcionario judicial, fue el del Carmen de Chucurí. En la Comisión que yo coordinaba entonces, de Justicia y Paz, me correspondió recibir a numerosos campesinos desplazados de ese municipio santandereano. Todos relataban dramáticamente la triple alternativa a que eran sometidos: “o se vincula al proyecto paramilitar, o abandona la región, o lo matamos”. Comandantes de la base militar se paseaban por el pueblo en compañía de los líderes paramilitares, cobrando juntos los impuestos para financiar el paramilitarismo. De los buses bajaban a los insumisos para desaparecerlos y asesinarlos y en los mismos carros de la Alcaldía se llevaban a quienes iban a matar para arrojarlos en el remolino de una quebrada que se tragaba los muertos. Contabilizamos centenares de víctimas fatales y millares de desplazados. Todo fue denunciado con grandes esfuerzos de precisión y sistematización ante todas las instancias de la justicia: Dirección de Instrucción Criminal, Procuraduría, Consejerías de la Presidencia, y tras la nueva Constitución del 91: Fiscalía, Defensoría, Vicepresidencia. La intensa interlocución con todas estas instituciones; la gravedad extrema de la situación; la acogida que aparentemente se brindaba a nuestras denuncias, todo nos hacía confiar en que la justicia iba a actuar y en que el Estado iba a proteger a la población, a reparar los daños enormes que había causado y a tomar medidas para que ese modelo paramilitar quedara proscrito. Se nos pidió colaborar en la búsqueda de testigos que se atrevieran a declarar y logramos convencer a muchos. Los funcionarios se desplazaban hasta Bucaramanga para no hacer correr a las víctimas demasiados riesgos, y se llenaron muchos cuadernos de pruebas testimoniales que hacían presagiar una acción contundente de la justicia.

Con el tiempo, sin embargo, se fueron profundizando en mí serias dudas sobre el mecanismo del testimonio. La gente declaraba y declaraba y pasaban los años sin que se percibiera resultado alguno. Pronto comprendimos más bien que los denunciantes pagaban altos precios y los denunciados permanecían incólumes. Recuerdo a Don Juan de Dios Gómez quien pagó rápidamente sus denuncias con la muerte, y a Don Octavio Sierra, a quien acompañé a rendir su testimonio en Bogotá y a los pocos días tuve que deplorar, estremecido, su asesinato. Recuerdo al Padre Bernardo Marín, el Párroco del pueblo, quien denunció con valentía lo que estaba ocurriendo y el 4 de octubre de 1990 escapó milagrosamente a un atentado, en compañía del Personero, del más cercano colaborador de la Parroquia y del Juez. Al escapar de la muerte fue entonces judicializado mediante montajes infames y aconsejado por su Obispo partió para el exilio donde murió.

Con todo, un proceso penal avanzaba dentro de la “Justicia Regional”, en Cúcuta, que parecía prometer algunos resultados, pero al posesionarse el primer Fiscal General, dentro de la nueva Constitución del 91, avocó a su mismo despacho el proceso; puso en libertad a los dos o tres paramilitares capturados hasta entonces; llamó a rendir versiones libres a todos los militares imputados, con interrogatorios acondicionados para una preclusión que fue inmediata, y luego llamó a un largo interrogatorio al suscrito, quien había puesto el mayor número de denuncias. Desde la primera pregunta comprendí que todo estaba dirigido a invalidar mis denuncias por no haber sido testigo presencial en ninguno de los crímenes, y pude comprobar que al Fiscal no le importaba en absoluto descubrir la autoría de los crímenes ni la identidad de las víctimas sino sólo identificar a quienes habían puesto las denuncias. Yo me negué a dar los nombres de los denunciantes porque tenía vivo en mi mente el recuerdo de quienes ya habían pagado sus denuncias con la muerte y por ello tuve que recibir un trato altanero y ultrajante por parte del Fiscal General.

Cuando una funcionaria judicial se atrevió a intentar la captura de algunos paramilitares, los militares allí presentes protagonizaron una asonada y le arrebataron a los detenidos, no siendo sancionados ellos sino la funcionaria que intentó capturarlos con todas las formalidades legales. Todo mostraba que confiar en la justicia no reportaba ninguna solución sino, por el contrario, altísimos costos para los denunciantes. Militares, procuradores y periodistas se confabularon entonces para estigmatizar ante la opinión pública a quienes estábamos denunciando y contaron para ello con los grandes medios de prestigio, tales como El Tiempo, La Prensa, la cadena radial RCN y otros, los cuales destruyeron gratuitamente nuestra reputación sin reconocernos siquiera el derecho de réplica. Cuando la Fiscalía, la Procuraduría, los medios y otras instituciones fueron cerrando filas en solidaridad con militares y paramilitares, el Comandante del Ejército me judicializó por “calumnia e injuria contra las fuerzas armadas”. Me convertí, entonces, en “reo de la justicia” por atreverme a buscar justicia. Al país entero se le vendió la “verdad” de que yo inventaba fantasías sobre proyectos paramilitares avalados por el Ejército y confeccionaba listados imaginarios de muertos, desaparecidos y desplazados. Hubo que esperar trece años, para que al inaugurarse la zona de distensión de Santa Fe de Ralito, en julio de 2004, los más altos comandantes del paramilitarismo reconocieran públicamente, en sus discursos, que el proyecto paramilitar de El Carmen de Chucurí había sido avalado por el Estado y que éste tenía que reconocer la paternidad responsable del mismo.

El proceso de El Carmen de Chucurí fue denso en lecciones desmoralizantes. A mí me quedó para siempre un profundo cuestionamiento sobre la validez del testimonio en nuestro régimen judicial. Todo nos fue mostrando que los testimonios no producían efecto alguno de justicia, pero el fondo del problema quedó al descubierto un día en que un grupo de cerca de 10 campesinos de la zona cercana al Carmen se vino hasta Bogotá, acompañados por el mismo Inspector de Policía, a denunciar la detención, torturas y asesinato cruel de un poblador, por el consorcio militar – paramilitar. Traían, incluso, la cuerda ensangrentada con que lo habían amarrado y arrastrado hasta un río. El asistente directo del Fiscal General dedicó dos días a recibir los testimonios y al final nos reunió a todos y nos dijo: sus testimonios son muy impresionantes pero, por favor, no se hagan ilusiones; mañana los militares traerán un número igual de testigos para afirmar que todo lo que ustedes dicen es falso, y los testimonios de ustedes quedarán invalidados. Allí encontré la clave que he venido comprobando en lo sucesivo: el testimonio es algo manipulable y por ello la gran mayoría de los procesos buscan hoy día apoyarse en sólo testimonios. En el momento de la evaluación, que en nuestro régimen otorga el más impresionante margen de arbitrariedad al fallador, permite plegarse a las preferencias o intereses del fiscal, del juez o del magistrado.

Pero el testimonio es un “medio probatorio”. Las decisiones se toman de frente a fines, que son las opciones políticas de lo jueces. Nunca olvidaré la llamada de atención del Fiscal General, un día en que, al margen de diligencias procesales, tocamos el tema de El Carmen de Chucurí en su despacho: “hay que tener claro de qué lado se está”, me dijo. No me quedó duda de que él estaba del lado de los militares y de su proyecto paramilitar, y los mecanismos de la justicia, fundamentalmente los testimonios, porque ningún otro medio probatorio fue recurrido, eran simples medios manipulables al servicio de esa opción tomada de antemano: “el lado del cual él está” (pincha aquí para leer el texto completo).

Vídeo con intervención del Padre Giraldo